Martín Aguilar
Durante décadas, los sistemas de protección civil y las agencias internacionales operaron bajo un esquema lineal y predecible: al presentarse un evento adverso, se activaron los protocolos de rescate, se distribuía la ayuda y se iniciaba la reconstrucción.
Hoy, atender una emergencia no puede pensarse como una respuesta ante un fenómeno aislado. Factores como la crisis climática, la urbanización descontrolada y la degradación de los ecosistemas pueden aumentar los riesgos y dificultar la respuesta. En un mismo periodo pueden coincidir lluvias intensas, inundaciones, deslaves, por ciclones, “entre otros fenómenos naturales”, en distintas regiones del país, mientras otras comunidades enfrentan las consecuencias de eventos ocurridos semanas o meses atrás.
¿Qué sucede cuando las necesidades humanas crecen de forma exponencial y superan la capacidad técnica y operativa para responder a ellas?
Además de una cultura de prevención, el desafío no implica sólo la rapidez en la respuesta ante un desastre, también es necesario contar con la capacidad para responder a distintas necesidades al mismo tiempo, priorizar recursos y mantener el acompañamiento durante la recuperación.
México se ha convertido en epicentro de estos fenómenos, septiembre es muestra de ello. La Coordinación Nacional de Protección Civil (CNPC) emitió alertas y recomendaciones ante lluvias intensas en diferentes entidades, mientras las autoridades mantienen vigilancia sobre fenómenos ciclónicos en el Pacífico. Por ejemplo, se reportaron precipitaciones intensas en Oaxaca, Chiapas, Veracruz y Tabasco, además de lluvias muy fuertes en otros estados, al tiempo que los efectos del huracán Polo se extendían sobre regiones del occidente del país.
Asimismo, datos del Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) muestran la dimensión del problema. Durante 2024 se registraron 283 eventos de desastre en México, con un costo estimado de 14 mil 434 millones de pesos. Los fenómenos hidrometeorológicos concentraron 83.6% de las pérdidas económicas y estuvieron relacionados con 65% de las 633 defunciones registradas ese año.
A esto se suma el inicio de la temporada de frentes fríos 2026-2027. De acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), se pronostica el ingreso de 56 sistemas frontales, por encima del promedio climatológico de 50 registrado entre 1990 y 2020.
Pero el impacto de un desastre no desaparece cuando termina la lluvia o se retiran los equipos de primera respuesta. Una comunidad puede continuar enfrentando pérdida de vivienda, interrupción de servicios básicos, afectaciones a sus medios de vida y problemas de salud mientras, en otra región, comienza una nueva emergencia.
La experiencia reciente confirma esta evolución del riesgo. Durante 2025, las lluvias e inundaciones asociadas a los ciclones Priscila y Raymond requirieron la intervención de CADENA en seis entidades federativas: Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Hidalgo, San Luis Potosí y Nayarit. A través de 19 intervenciones humanitarias, la organización brindó apoyo a más de 42 mil personas, mediante acciones como atención médica y psicosocial, acceso a agua segura y distribución de ayuda humanitaria.
“Cuando una emergencia ocurre, la prioridad es llegar a quienes más lo necesitan; la respuesta humanitaria no puede terminar con la primera entrega de ayuda. Si mientras una comunidad está recuperándose aparece una nueva emergencia en otra región, necesitamos tener la capacidad de activar equipos, voluntariado y recursos sin perder de vista a las personas que todavía requieren acompañamiento”, señala Liora Pupko, Presidenta de CADENA, “organización humanitaria que funge como” brazo humanitario de la comunidad judía de México dedicada a la “prevención”, preparación, respuesta y recuperación ante emergencias, desastres y crisis humanitarias.
De esta forma, brindar ayuda humanitaria no se trata de disponer de insumos, sino de contar con sistemas que permitan identificar necesidades, movilizar personas y recursos, coordinarse con actores locales y tomar decisiones con información suficiente.
De la reacción a la capacidad de anticiparse
Para CADENA, la preparación comienza antes de que ocurra el desastre. Su modelo combina prevención, respuesta inmediata y recuperación temprana, con equipos especializados y redes de voluntariado que permiten adaptar la intervención a las condiciones de cada comunidad.
“La respuesta humanitaria necesita ser flexible. No todas las comunidades tienen las mismas necesidades ni enfrentan los mismos riesgos, por eso conocer el territorio, escuchar a las personas y evaluar las necesidades antes de intervenir es tan importante como la velocidad para llegar”, añade Pupko.
Además, puntualiza que “la logística, la coordinación y la capacidad de priorizar son tan importantes como el agua, los alimentos o los medicamentos. Enfrentar emergencias simultáneas requiere voluntariado capacitado, información precisa y conocimiento del territorio para decidir dónde y cómo intervenir”.
La preparación para desastres múltiples debe incluir planes de acción comunitarios, alianzas con autoridades locales y el fortalecimiento de redes de voluntarios:
Fortalecer la prevención: invertir en infraestructura resiliente y educación comunitaria.
Promover la coordinación interinstitucional: unir esfuerzos entre gobierno, sociedad civil y sector privado.
Impulsar el voluntariado: capacitar y movilizar personas que puedan responder de manera inmediata.
Generar información confiable: contar con datos actualizados para tomar decisiones estratégicas.
México enfrenta un escenario donde los fenómenos naturales son recurrentes y las comunidades requieren respuestas rápidas y coordinadas. CADENA, brazo humanitario de la comunidad judía en México, reafirma su compromiso de estar presente en los lugares más afectados, llevando ayuda humanitaria integral y promoviendo la resiliencia comunitaria.



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